LA NIÑA DE LAS TRENZAS RUBIAS

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Aquella noche cálida aún de marzo, Estela dio de cenar a sus hijos y a su esposo y después de una acostumbrada sobremesa de charlas y risas, los niños y el papá se retirararon a dormir.

Estela quedó sola, lavando los platos, guardando libros y juguetes, dejando ordenada la casa.

Después de un largo día de trabajo, el silencio de la noche y la tranquilidad reinante del hogar, invitaron a la dueña de casa a prepararse un té antes de marcharse a descansar.

Todo estaba en perfecto orden aquella noche; sólo el lejano murmullo del viento se oía jugando entre los árboles. Estela abrió el grifo para lavar su taza y de pronto algo la sobresaltó; un ruido extraño provenía de la sala como si alguien hubiese tropezado con una silla. Sin el más mínimo temor, ella pensó que su esposo o algunos de los niños se había levantado; quizás al baño, quizás a beber agua, pero pronto comprobó que nadie estaba allí.

Nada más se escuchó, guardó el pocillo, apagó la luz de la cocina y tan serena como siempre se dirigió camino a la habitación.

Antes de llegar al cuarto percibió un aroma suave y exquisito que invadía toda la casa y fue en ese instante cuando la vio: la niña caminaba lentamente hacia ella, vestía una túnica blanca, larga y transparente. Era realmente bellísima y dos largas trenzas rubias cubrían sus hombros. Al contrario de sentir miedo, Estela la miró con ternura, la niña se acercó más y casi rozándola ésta le dijo: “Esta es mi casita, no lo olvides, por favor cuidámela”. Y desapareció llevándose su divina fragancia. Estela esperó unos minutos, apagó las luces y con una paz infinita se acostó junto a su esposo.

Al día siguiente, sólo se lo contó a su marido. El suceso jamás alteró sus vidas. Pasó el tiempo y una tarde sin querer, una vecina que no sabía nada de lo ocurrido, le comentó que diez años atrás en aquella casa, vivía un matrimonio con dos hijos y un día el niño de nueve años encontró el arma del padre y jugando mató a su hermana de seis añitos. Una niña hermosa a quien su madre peinaba todos los días su largo cabello rubio para hacer dos trenzas.

Trinidad Iramendy

Prácticas del lenguaje 2do 1ra

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